Hay partidos que salen bien.

Y otros que no.

Tiros que normalmente entran empiezan a fallar. Perdemos balones. Llegamos tarde en defensa. Tomamos malas decisiones. El equipo no encuentra ritmo y, cuando termina el encuentro, queda esa sensación incómoda de no haber estado a nuestro nivel.

Forma parte del baloncesto.

Ningún jugador, entrenador o equipo mantiene siempre el mismo rendimiento.

La diferencia no está en evitar todos los malos partidos.

Está en qué hacemos después de ellos.

Un mal partido no define a un jugador

Uno de los errores más frecuentes es convertir una mala actuación en una conclusión sobre nosotros mismos.

“Soy malo.”

“No sirvo para esto.”

“Siempre fallo.”

“No puedo jugar contra equipos así.”

Pero un partido representa únicamente una pequeña parte de una temporada.

Podemos jugar mal hoy y competir muy bien la semana siguiente.

Podemos fallar diez tiros y anotar el siguiente.

Podemos cometer un error defensivo y realizar una gran defensa treinta segundos después.

El rendimiento cambia.

Nuestro valor como jugador no debería hacerlo con cada marcador.

Primero: aceptar lo ocurrido

Después de perder o jugar mal es normal estar frustrado.

No hace falta fingir que no importa.

Puede haber enfado.

Tristeza.

Decepción.

Incluso vergüenza.

Todas esas emociones pueden aparecer.

Lo importante es no quedarse atrapado en ellas.

Aceptar que el partido no salió como queríamos es diferente a castigarnos durante días.

Analizar sin destruirnos

Después de un mal partido podemos hacernos preguntas.

Pero deben ser preguntas útiles.

No:

“¿Por qué soy tan malo?”

Sí:

“¿Qué podría haber hecho mejor?”

Podemos revisar aspectos concretos:

  • ¿Tomé buenas decisiones?

  • ¿Defendí con intensidad?

  • ¿Estuve concentrado?

  • ¿Me comuniqué?

  • ¿Fui agresivo hacia el aro?

  • ¿Perdí demasiados balones?

  • ¿Ayudé al equipo cuando las cosas iban mal?

El análisis debe buscar soluciones.

No culpables.

Separar resultado y rendimiento

Podemos perder jugando un buen partido.

Y podemos ganar jugando mal.

Por eso, el marcador no debería ser la única referencia.

Después de competir conviene observar:

  • Actitud.

  • Esfuerzo.

  • Concentración.

  • Ejecución.

  • Comunicación.

  • Toma de decisiones.

  • Capacidad para reaccionar.

Un equipo puede perder contra un rival superior y haber dado un paso adelante.

También puede ganar y tener muchas cosas que corregir.

No quedarse únicamente con los errores

Cuando terminamos un mal partido, nuestra mente suele recordar principalmente lo negativo.

El tiro fallado.

La pérdida.

La mala defensa.

Pero seguramente hubo acciones correctas.

Un buen pase.

Un rebote.

Una ayuda.

Una defensa sólida.

Una buena decisión.

Reconocer lo que hicimos bien no significa ignorar nuestros errores.

Significa realizar una evaluación más justa.

El siguiente entrenamiento es la respuesta

Después de un mal partido tenemos varias opciones.

Podemos quejarnos.

Buscar excusas.

Culpar al árbitro.

Culpar a los compañeros.

Culpar al entrenador.

O podemos volver a entrenar.

El siguiente entrenamiento es probablemente la respuesta más útil.

Porque allí podemos trabajar aquello que falló.

Si tuvimos problemas con el bote, lo trabajamos.

Si fallamos defensivamente, corregimos.

Si perdimos confianza en el tiro, seguimos tirando.

El deporte siempre ofrece otra oportunidad.

No entrenar con miedo al error

Después de jugar mal algunos jugadores empiezan a protegerse.

Dejan de tirar.

Dejan de penetrar.

Evitan tomar decisiones.

Intentan simplemente no equivocarse.

Pero jugar para no fallar suele limitar mucho nuestro rendimiento.

El objetivo debería ser volver a confiar progresivamente.

Tomar buenas decisiones.

Aunque alguna salga mal.

Recuperar la confianza haciendo cosas sencillas

Cuando un jugador pierde confianza, no necesita necesariamente hacer algo espectacular.

Puede empezar por lo básico.

Defender.

Correr.

Rebotear.

Pasar.

Hablar.

Moverse.

Ayudar.

Estas acciones generan pequeñas sensaciones positivas.

Y esas pequeñas acciones pueden ayudar a recuperar confianza.

Un error no necesita otro error detrás

En baloncesto ocurre algo muy habitual.

Fallamos un tiro.

Nos enfadamos.

Llegamos tarde a defender.

Nos pitan falta.

Protestamos.

Dejamos de concentrarnos.

Un error ha provocado cuatro más.

Una habilidad fundamental es aprender a cortar esa cadena.

Fallo.

Respiro.

Corro a defender.

Siguiente acción.

El lenguaje corporal importa

Después de equivocarnos, nuestro cuerpo transmite información.

Cabeza baja.

Brazos caídos.

Gestos de frustración.

Miradas al banquillo.

Todo eso influye también en los compañeros.

Podemos entrenar una respuesta diferente.

Levantar la cabeza.

Volver.

Hablar.

Seguir.

No necesitamos sentirnos perfectos para comportarnos como jugadores preparados para competir.

El equipo debe sostener, no señalar

Los malos partidos también ponen a prueba la cultura de un equipo.

Cuando alguien falla, ¿qué hacemos?

¿Le culpamos?

¿Le gritamos?

¿Le ignoramos?

¿O ayudamos?

Un buen compañero puede decir:

“Vamos.”

“Siguiente.”

“Estoy contigo.”

“Seguimos.”

Parece poco.

Pero puede cambiar completamente la respuesta de otro jugador.

El entrenador también debe ayudar a gestionar el error

Corregir forma parte del trabajo del entrenador.

Pero existe una diferencia entre corregir y hundir.

Un jugador necesita saber qué ha hecho mal.

También necesita saber cómo puede hacerlo mejor.

Una corrección útil debería aportar información.

Qué ocurrió.

Por qué ocurrió.

Qué queremos hacer la próxima vez.

El miedo constante al error no crea jugadores inteligentes.

Crea jugadores que evitan decidir.

Las familias también influyen después del partido

El viaje de vuelta a casa puede ser un momento delicado.

Especialmente en deporte base.

Después de jugar mal, un niño o adolescente probablemente ya sabe que no ha tenido su mejor día.

No necesita necesariamente un análisis completo nada más entrar en el coche.

A veces necesita simplemente desconectar.

Las familias pueden empezar con preguntas sencillas:

“¿Cómo te has sentido?”

“¿Has disfrutado?”

“¿Quieres hablar del partido?”

Y respetar la respuesta.

Evitar comparar

Después de un mal partido es fácil escuchar frases como:

“Tu compañero sí ha jugado bien.”

“Antes hacías esto mejor.”

“Los otros estaban más concentrados.”

Las comparaciones rara vez ayudan.

Cada jugador tiene su proceso.

La pregunta debería ser:

¿Qué puedo hacer yo para mejorar?

No convertir una mala racha en una identidad

A veces no hablamos de un solo partido.

Pueden aparecer varios encuentros malos seguidos.

Entonces surge una idea peligrosa:

“Estoy fatal.”

Pero una racha también termina.

La solución no suele estar en pensar más.

Está en volver al proceso.

Entrenar.

Descansar.

Corregir.

Simplificar.

Competir.

Cuidar el descanso

El rendimiento no depende únicamente de lo que ocurre en pista.

También influye:

  • El sueño.

  • El cansancio.

  • La carga académica.

  • El estrés.

  • La alimentación.

  • La recuperación.

Si llevamos semanas agotados, quizá el problema no sea técnico.

Conviene observar el conjunto.

Aprender a pedir ayuda

Si un jugador lleva tiempo frustrado, puede hablar con el entrenador.

Una conversación puede aclarar muchas cosas.

¿Qué necesita mejorar?

¿Qué espera el entrenador?

¿Qué está haciendo bien?

¿Qué puede trabajar?

Pedir información no es una señal de debilidad.

Es una forma de asumir responsabilidad.

Los grandes jugadores también tienen malos días

No existe un jugador que no falle.

Ni uno que no haya perdido partidos.

Ni uno que no haya pasado por momentos de baja confianza.

El deporte no premia únicamente a quien nunca cae.

También premia a quien aprende a levantarse.

Lo importante es la siguiente acción

Una de las mejores ideas que puede aprender un jugador es sencilla:

la jugada anterior ya terminó.

No podemos cambiarla.

Podemos analizarla después.

Pero durante el partido solo existe una prioridad:

la siguiente acción.

La siguiente defensa.

El siguiente pase.

El siguiente rebote.

El siguiente tiro.

Cada mal partido puede convertirse en información

Una mala actuación puede mostrarnos cosas.

Qué debemos trabajar.

Qué situaciones nos cuestan.

Cómo reaccionamos bajo presión.

Qué necesitamos mejorar mentalmente.

Si sabemos utilizar esa información, el partido deja de ser únicamente una experiencia negativa.

Se convierte en aprendizaje.

En el Club Baloncesto San Blas seguimos después del error

En el Club Baloncesto San Blas queremos jugadores capaces de competir.

Pero también capaces de equivocarse, aprender y volver.

Porque formar jugadores no consiste en exigir perfección.

Consiste en enseñarles a responder.

Habrá partidos buenos.

Habrá partidos difíciles.

Habrá días en los que todo salga.

Y otros en los que no.

Pero siempre habrá una nueva oportunidad para trabajar.

Falla. Aprende. Corrige. Sigue.

Porque el siguiente partido empieza, muchas veces, en cómo reaccionamos después del anterior.

Club Baloncesto San Blas
Somos barrio. Somos equipo. Somos baloncesto.